La alegría de un bebé a bordo

Sé a ciencia cierta que me ganaré la enemistad de gentes, cercanas y no, con esta reflexión, pero creo justo dar a conocer precisamente a esas personas lo molesto de sus actitudes.
La intransigente secta de la Paternidad no es consciente (o lo es pero le importa un bledo) de que hay una parte de la población mundial que no vive para la procreación: esa reminiscencia animal de una época en la que el ser humano pasaba por la vida perdiendo 2 de cada 3 vástagos y no hacíamos de este hermoso planeta un solución saturada.
A día de hoy, la excusa de mantener las pensiones de generaciones venideras no me parece razón suficiente para traer seres a este mundo, no obstante reconozco que conseguir una coordinación mundial para que países superpoblados distribuyan sus recursos humanos en países con bajo índice de natalidad suena a utopía, de modo que alguien tiene que seguir la estirpe a nivel regional.
Pero a lo que voy:
La alegría que le entra a uno en el cuerpo cuando escucha a un bebé llorar muy por encima de los decibelios recomendados por cualquier otorrinolaringólogo, al sentarse en la estrecha butaca de un avión, es indescriptible. Lo mismo pensarán los pasajeros y azafatas alejados de la zona de conflicto, que ven sus intentos de progresar por el pasillo del avión, frustrados por los progenitores tratando de apaciguar al sujeto del berrinche acunándolo en brazos.
Igual disfrute es salir a tomar una cerveza tranquilamente a la alameda de turno y que a tu alrededor la algarabía infantil y falta de respeto por el espacio ajeno sea tal que la tranquilidad se convierta en cabreo con adultos autoproclamados padres (y autoproclamados adultos en muchos casos), que ni les va ni les viene la tranquilidad de los demás siempre que sus diablillos respeten la suya propia.
Por tanto, no es una cuestión de números (aunque bien podríamos hacer que lo fuera), sino de educación, respeto y pro-actividad. Como hay cierto aire de superioridad moral en los padres respecto de los que renegamos de ese estilo de vida (tan válido como el mío, pero que no es el mío) muchos se enfadan cuando se les recrimina la falta de control sobre sus criaturas.
La reacción natural a esta lidia es que aquellos que no tenemos ganas de oír llorar a un polluelo durante 3 horas seguidas (supongo que nadie quiere pero pocos lo dirán alto y claro), ni a los pollos pater tampoco, es recurrir a los vagones silencio y los productos libres de niños que proliferan día a día.
Lamentablemente no existe esa oferta por igual en todos los sectores.
Hoy me ha tocado joderme y aguantarme camino a Bérgamo. C'Est la Vie.

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